¡Qué hábitos, ni motivación, ni qué nada! Lo que necesitas es Convicción.
- Ana Leticia Montoya Jiménez
- 16 oct 2025
- 7 min de lectura
Rendir cuentas sin jefes: una historia personal

Por mucho tiempo, me he considerado una persona muy estructurada cuando se trata de entregas de trabajo, es decir, alguien muy responsable en general. Tengo un plazo y lo cumplo. Divido el trabajo y mi autogestión de acuerdo con el plazo sin contratiempos. Y, aunque atribuir mi éxito académico o mi ética laboral a buenos hábitos es muy tentador, la realidad es que mi estilo de trabajo es un poco más complicado que eso; más como un misterio que he tratado de descifrar en los últimos años.
El problema es que, cuando se trata de trabajar para otros, siento una gran sensación de deber, de responsabilidad. “Debo terminar”. Pero, en el par de años que llevo trabajando para mí misma, he notado que mi compromiso titubea mucho más y me cuesta mucho entrar en el flujo de trabajo que se requiere para cumplir metas y plazos en general. He pasado mucho tiempo torturándome con culpa y vergüenza sobre esto:
¿Por qué no puedo depender de mí misma? Fui una niña super buena en la escuela y en mis trabajos anteriores. ¿Por qué no puedo mantener esa misma disciplina?
Dado esto, me di a la tarea de averiguar cuál es mi verdadera “motivación” cuando trabajo para otros para ver si puedo replicarla cuando trabajo para mí.
Como muchos millennials podrán entender, yo me suscribí por completo a la idea de que hacer las cosas “bien”, como tener una carrera, destacar en la escuela, convertirte en el “teacher’s pet”, ser buena y confiable resultaría naturalmente en éxito personal y en buenos resultados en general. No es que las calificaciones fueran mi única motivación, para nada. Tuve una beca que pedía un 85 de promedio que mantuve cómodamente pero nunca lo excedía, porque valoraba también las experiencias sociales.
No estuve en programas de alto rendimiento ni en la cima de mi clase, pero siempre fui digna de la confianza de mis profesores, amigable con mis compañeros y la que asumía la mayor responsabilidad de los trabajos en equipo. Siempre he pensado que mi esfuerzo y trabajo hablan por mí y reflejan mi carácter, por lo que me aseguraba siempre de entregar cosas con calidad, en tiempo y forma.
Cuando empecé a trabajar, traje esta misma filosofía conmigo, solo que se amplificó por la pasión de enseñar a la siguiente generación y por la adrenalina de descubrir que, en realidad, era muy buena en lo que hacía. Fue ahí cuando incluso mis propios estándares no eran suficientes y alcé la vara aún más. Trataba de innovar, de investigar, de dar el 110% en todo. La congruencia de exigir responsabilidad en mis estudiantes también hacía que me mantuviera siempre en examen de consciencia.
Entonces, ¿qué pasó? ¿qué me falta para traer esta actitud a mi trabajo personal?
El trabajo puede ser un concepto sensible para muchos de nosotros porque es muy difícil separarlo de nuestra identidad. Es por eso que traté de cambiar el ángulo de esta reflexión para tratar de encontrar una respuesta. Me propuse observar un área de mi vida en la que me haya comprometido firmemente y tratar de entender la razón por la cual lo había mantenido. Una que es muy evidente, y probablemente muy común para otros, es el ejercicio. Podría también enfocarme en alimentación intuitiva, bullet journaling (ya mas de 8 años en eso), en procurar las necesidades físicas de mis perros; pero para el propósito del artículo, me mantendré en ejercicio.
Hay millones de piezas escritas sobre hábitos. Mi papá es muy devoto de esta filosofía. Yo, incluso, he leído Hábitos Atómicos tres veces ya. Estoy muy familiarizada con las creencias alrededor de esto, con el éxito de muchas de estas prácticas y personalmente me encantan; pero hoy voy a desafiar esa idea. Porque creo, fundamentalmente, que la verdadera razón por la cual me he ejercitado regularmente por los últimos 10 años no tiene que ver con hábitos, sino con convicción. Lo dejo abierto a discusión, así que puedes comentar tu réplica, pero déjame presentar mi caso.
De acuerdo con la amplia investigación que existe sobre las tasas de éxito en la formación de hábitos, uno de los factores en común es que están conectados a una rutina. A un método, o a un sistema. Aunque, si bien, mis años de ejercicio comenzaron así, mi vida ha experimentado muchos grandes y dramáticos eventos que irrumpieron con esas rutinas, como lesiones, enfermedad, mudanzas, etc. Y, ni una sola de esas veces, he tenido que reestablecer metódicas rutinas para retomar el ejercicio. Bastaba con decidirlo y listo.
Tampoco atribuyo esto a que el hábito ya estaba formado, porque para el punto en que quería reiniciar la actividad después de uno de estos hiatos, la memoria muscular se había perdido, o mis herramientas habían cambiado o me había salido de alguna clase. Todo el sistema había colapsado, no solo el hábito. Por lo tanto, no había ninguna continuidad que mi cerebro pudiera reconocer con la familiaridad del hábito. Puedo estar equivocada, pero es mi percepción que la razón por la que siempre volvía era por convicción.
Por ejemplo, si había estado haciendo ejercicio todos los días al alba, antes de ir a trabajar, pero después renuncié durante la pandemia y paré por semanas durante un periodo depresivo y luego me tuve que mudar; o si había estado haciendo pesas en mi sala por meses, pero después tuve que parar por una cirugía; en cada uno de esos escenarios, volver a la actividad implicaba una práctica totalmente distinta, un parámetro de éxito completamente diferente. Y si hubiera tratado de volver al mismo nivel de rendimiento, inmediatamente, habría perdido motivación.
Lo que me trae al otro mito sobre la responsabilidad. Cuando las personas me preguntan cómo encuentro “la motivación” para ejercitarme regularmente durante tanto tiempo, casi inmediatamente escupo la respuesta que tiene muy poco que ver con motivación. En proporción, si tuviera que contar cada evento en el que me he ejercitado como motivada vs. Desmotivada, diría que es un 30% contra un 70% respectivamente. E, incluso, ese 30% no dependería nominalmente en cada evento individual, sin en la potencia de esos escasos días con motivación: lo que tenía un par de tenis para estrenar, una nueva app o dispositivo, haberme inscrito a una clase, o ponerme de acuerdo con un amigo. Sin eso, podría ser tan bajo como un 15%.
La realidad es que es rarísimo que me sienta motivada a ejercitarme. Y, más recientemente, trabajando un turno nocturno en un restaurante con un horario en el que ninguna semana es igual a otra, tampoco me fío de la rutina para mantener la actividad. Y, sin embargo, me mantengo, con devoción. Entonces, ¿a qué se debe?
Mi respuesta siempre es la misma: estoy totalmente convencida de que necesito hacerlo. Los beneficios superan cada uno de los pensamientos quejumbrosos que mi cerebro pueda lanzarme. Cosa que, créeme que aún después de 10 años, sigue haciendo con regularidad.
He tenido que lidiar con las consecuencias de parar, y han comprobado ser simplemente intolerables. Mi ansiedad aumenta exponencialmente y, al mismo tiempo, me hace más propensa a episodios depresivos. Afecta mi ciclo hormonal, mi salud intestinal; me hace detestar bañarme durante el invierno, retrasa mi ritmo durante el día, mis articulaciones duelen inmediatamente, sin mencionar el hecho obvio de que mi ropa deja de quedarme. Afecta mi presión arterial, mi cabello, mi piel porque cambia mi ingesta de agua y mi retención de nutrientes. Simplemente no soporto la persona que soy sin ejercicio.
Por lo tanto, sin importar lo que la vida me lance, una cosa con la que siempre podré contar es que voy a mover mi cuerpo; ya sean 20 minutos de vaca-gato en el tapete de yoga cuando apenas me pueda levantar por enfermedad física o mental; o sea una hora entera en un reformer de pilates tratando de impresionar a mi diminuta pero sorprendentemente fuerte instructora. Ya sea una caminata a la 1am después del turno del trabajo o una carrera a las 6am antes de desayunar, una clase de baile o estirar una mini bandita en lo que se calienta el agua de la regadera; creo profundamente, casi religiosamente que hacer ejercicio ayuda mi alma, mi mente y mi cuerpo. Tacha eso, lo sé. Estoy convencida.
Sin rutinas, sin incentivos, sin pequeños premios. Solo saber, como un hecho, que visceralmente odias la alternativa sin importar cuánto te tiente.
Creo que, si tuviera que transportar esta idea al trabajo, este último elemento sería el faro de referencia (y juro que lo estoy viendo al instante que escribo esto).
Llevo tiempo que la razón por la que mis colegas pueden contar conmigo es por mi “sentido del deber”. Simplemente no puedo decepcionar a mi equipo, mi jefe, mis estudiantes, mis padres. Siempre fue extrínseco, casi escénico. “¿Qué dice de mí que no entregue esta tarea?” Pero cuando solo tienes a ti para decepcionarte, desafortunadamente, podemos ser mucho más negligentes con nuestros propios, ni siquiera estándares, sino deseos. Nos dejamos para el último.
Nunca he tenido problemas para preguntar “¿qué comportamiento mío complace a mi maestro más?”. Mientras que he sentido la más ardiente vergüenza y absurdez al preguntarme: “que me complace a mí?”
He tratado de convertir mis deseos en tareas, pretendiendo que mi esposo es mi jefe y me pone plazos de entrega, hacer juego de roles interpretando jefe y empleado conmigo misma y tratando mis proyectos lo más profesional posible, pero al final siempre se sienten falsos los esfuerzos.
Si quiero comprometerme a un flujo de trabajo, sí, sistemas para formar hábitos son un gran punto de partida, pero debo construir una convicción tan fuerte que, aunque la vida pase y me obligue a pausar por tiempo indeterminado, siempre sienta la añoranza física de volver. La única solución que veo es recordar constantemente que la alternativa es insoportable. He de recordar que detesto la persona que soy cuando me abandono. Volver a los ataques de pánico en el suelo; la helada vergüenza de la parálisis creativa; el amargo sabor de la miseria de que tus empleadores o instituciones no te valoren más; revisitar los gastos generados por un turno de 7 horas de pie, y la increíblemente sofocante empuñadura de no tener opciones financieras.
Si no puedo encontrar los recursos para creer en mí o en mi potencial, me aferro a creer que cada vez que he tratado de vivir de forma no auténtica, la insatisfacción siempre me reencuentra. Cada vez que he buscado esconderme en la aparente “seguridad” de un trabajo, mis deseos emergen como una irritante erupción en la piel. Si no sé cómo transformar mis deseos en deberes, si tengo un jefe que me pida rendición de cuentas, si no puedo comprar nuevos marcadores cada semana para crear, siempre podré contar con el hecho de que la alternativa es categóricamente insufrible.
Si no le creo a mi yo del presente, ni creo en la yo del futuro, creo absoluta e infaliblemente en la yo del pasado. Ella no necesita un jefe o nuevos audífonos con cancelación de ruido. Ella conoce en la médula los efectos de detener lo que es bueno para mí. Ella es capaz de crear nuevos patrones neuronales para mí con su sabiduría. Ella ya me convenció.



Comentarios